Veinte años contemplan una de las imágenes más presentes de mi infancia, quizá por la continua repetición de su fortaleza en el transcurrir de los años. Se trata de aquel hombre desconocido que, con dos bolsas en mano, se situó frente a una hilera de tanques durante la revuelta de la Plaza de Tiananmen en junio de 1989. El excelente reportaje Tank Man (2006) rememora aquella hazaña que dio la vuelta al mundo, aquella carretera larga y aquel hombre melenudo encaramándose en lo alto de uno de los carros de combate que venían de atropellar la vida de muchos jóvenes universitarios. Nunca he podido olvidar la fotografía de Stuart Franklin (uno de los tres fotógrafos) y aquel hombre de pantalón oscuro y camisa blanca. No sabemos quién era ni cómo era, pero ese hombre solitario tuvo el valor de enfrentarse por todos al poder protestando ante su brazo armado aun con la posibilidad segura de perder la vida.
También se cumplen años, en este caso quince, de otra imagen no menos célebre: la fotografía de Kevin Carter ganadora del Pulitzer de 1994. En esa imagen, tomada en Sudán, presenta en primer plano a una pequeña niña, casi moribunda, en el suelo y detrás de ella un buitre que la observa. Se dice que la niña estaba defecando y que el buitre esperaba tan suculento manjar. No obstante Carter se suicidó por la llamada de multitud de hipócritas miserables que condenaron su “supuesta” falta de humanidad. Ciertamente todos experimentamos la distancia entre lo que somos y lo que deberíamos ser. Todos llevamos parte de Carter en nuestra piel, esperemos que también llevemos parte de aquel joven chino que detuvo por unos segundos el paso del sistema.