Melitón, obispo de Sardes, vivió en la segunda mitad del siglo II. Eusebio, en Historia Ecclesiastica señala a Melitón como una de las principales figuras de la Iglesia en Asia. Sabemos que en el año 170 dirigió una Apología al emperador Marco Aurelio. Conocemos su obra por las citas que hace Eusebio de ella y por los escasos fragmentos que han llegado hasta nuestros días. No obstante, en 1940 se descubrió la Homilía sobre la Pascua publicándose el mismo año íntegramente. La homilía, de una excelente retórica, comenta la narración del Éxodo y, en especial, la institución de la pascua judía, considerada una tipología de la salvación lograda por Cristo con su pasión, muerte y resurrección.
Una de las principales obras del período de los Padres Apologistas es la Epístola a Diogneto, aunque desde el siglo XVI algunos estudiosos la consideran más bien dentro de los Padres Apostólicos. De esta obra no ha llegado ningún manuscrito original. Existía un códice del siglo XIII en la Biblioteca municipal de Estrasburgo, pero fue destruido por un incendio durante la guerra franco-prusiana de 1870. Sin embargo, se han salvado distintas copias. De la autoria se tienen ciertas hipótesis poco aceptadas: algunos pocos como Andriesssen consideran que es obra de Cuadrato y otros, como Marrou, sostienen que pertenece a Panteno de Alejandría. En cuanto a la fecha y lugar de composición no hay mayor unanimidad, aunque la mayoría de los estudiosos suelen situarla en Alejandría en torno al año 200.
La introducción de la Epístola a Diogneto se centra en tres cuestiones: quién es el Dios de los cristianos, por qué menosprecian la muerte y no rinden culto a los dioses griegos ni al culto judío; qué importancia tiene para el cristiano el amor al prójimo, y por qué ha tardado tanto en aparecer esta religión en el mundo. Se afirma que los dioses griegos son obra humana y que por ello no merecen ninguna adoración. Respecto al Dios de los judíos se dice que dan culto al Dios verdadero, pero de modo equivocado. También se ocupa de la conducta de los cristianos en sociedad, destacando la paradoja que conlleva la paradoja cristiana de vivir en el mundo, pero sin ser del mundo. En cuanto a la tardía aparición del cristianismo el autor lo justifica diciendo que la humanidad necesitaba redimirse. Todos esto puntos hacen pensar que al margen de ser un escrito apologético también es un intento de conversión individual de Diogneto al proponerle en el capítulo décimo que abrace la fe cristiana.
En sí es una excelente obra que permite conocer como era y como vivía la fe el cristiano del siglo II: “Los cristianos no se distinguen de los demás hombres ni por su tierra, ni por su lengua, ni por sus costumbres. En efecto, en ningún lugar establecen ciudades exclusivas suyas, ni usan lengua alguna extraña, ni viven un género de vida singular. La doctrina que les es propia no ha sido hallada gracias a la inteligencia y especulación de hombres curiosos, ni hacen profesión, como hacen algunos, de seguir una determinada opinión humana, sino que habitando en las ciudades griegas o bárbaras, según a cada uno le cupo en suerte, y siguiendo los usos de cada región en lo que se refiere al vestido y a la comida y a las demás cosas de la vida, se muestran viviendo un tenor de vida admirable y, por confesión de todos, extraordinario. Habitan en sus propias patrias, pero como extranjeros; participan de todo como los ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros; toda la tierra extraña les es patria y toda patria les es extraña. Se casan como todos y engendran hijos. Ponen mesa común, pero no lecho. Viven en la carne, pero no viven según la carne. Están sobre la tierra, pero su ciudadanía es la del cielo” (Épistola a Diogneto).
Muchs felicidades por tan brillante escrito. Chapeau!
Saludos Serginho, muchas gracias.