En Occidente se suele emplear el término “autor” para exponer la relación de Dios con la Escritura divinamente inspirada. Dicha formulación se origina por la controversia motivada por el gnosticismo, el marcionismo y el maniqueísmo, que hablan del Antiguo Testamento y del Nuevo Testamento como si fueran dos economías opuestas de la revelación que conducen a dos principios diversos y opuestos. Según ellos, el NT sería obra de Dios y el AT sería obra de Satán. Con el término “autor” los Padres responden con firmeza expresando que Dios y sólo Dios es el autor de ambas economías de la revelación y de la salvación.
San Agustín expresa: “Como el único y verdadero Dios es el creador de los bienes temporales y de los bienes eternos, así él mismo es el autor de los dos Testamentos, ya que el Nuevo está figurado en el Viejo y el Viejo está figurado en el Nuevo” (Contra advers. legis et prophet. 1, 17, 35; PL 42, 623). Así, la expresión Dios autor del AT y del NT forma parte de la definición de fe sobre la Sagrada Escritura; y así se encuentra expresada en los Concilios Florentino, Tridentino, Vaticano I y Vaticano II. De todos modos, ¿es unívoco decir que Dios es autor de la Biblia? ¿Es verdadero autor literario de la Sagrada Escritura o es genéricamente causa de ella? El Concilio Vaticano I manifiesta que el mismo Concilio no ha querido introducir en al definición el concepto de autor literario y K. Rahner propone una hipótesis propia sobre la inspiración partiendo del presupuesto legítimo de que el Vaticano I no definió un concepto unívoco de autor, como autor literario, cuando define a Dios como autor del AT y del NT: “Aplicando al Espíritu Santo (o a Dios) la Palabra autor en su acepción literaria, nos movemos en el terreno de las analogías que está incluido dentro de un límite. El Paráclito es autor especial, que escribe por medio de otros, que son a su vez verdaderos autores”.