Ser libre es ser responsable

Publicado: 11 octubre, 2008 en Antropología, Ética y Moral, Filosofía

Hemos hablado y hablamos mucho de la libertad. Quizá es uno de los conceptos más analizados de los últimos siglos, pero también es probable que sea el menos entendido o el más malinterpretado. La libertad es la capacidad del ser humano de dirigir – controlar – los propios actos hacia un fin. En el acto libre intervienen dos facultades del alma: la inteligencia y la voluntad. Basta recordar – como hemos repetido hasta la saciedad en este blog – que la voluntad elige – tras deliberar – lo que la inteligencia le presenta como bien o bajo la forma de bien.  Desde luego, y en esto todos coincidimos, ser hombre es ser libre. La capacidad de elegir está inscrita en la psique humana, por eso mismo la posibilidad de perder la libertad atemoriza tanto como perder la vida misma.

 

Es obvio que no se puede hablar de libertad en sentido unívoco. Existe una libertad que experimentamos cuando no estamos obligados por ningún agente externo y por la cual nos sentimos capacitados para hacer lo que queremos. Pero esta – libertad de – es una concepción negativa de la libertad, pues esta se caracteriza por la autoposesión – dominio – de los propios actos – libertad para –. La raíz de la libertad es la voluntad y toda acción volitiva nace del interior del hombre, así decimos que la persona privada de libertad física sigue siendo libre: mantiene la libertad trascendental, que es una libertad constitutiva porque está inscrita en el ser humano por el simple hecho de ser persona. Esta libertad es la apertura a todo lo real, que se deriva de la infinitud de nuestro pensamiento y de la voluntad (J.M., Barrio. Los límites de la libertad, Rialp, Madrid 1999, p.15).

 

El hombre es hombre porque es libre y por la libertad es causa de sí mismo. De todos modos la persona humana como no es un ser absoluto – como Dios – sólo posee una libertad finita, pues hay muchas cosas que escapan al poder de nuestra voluntad: no somos dueños de nuestro origen ni de nuestro termino, podemos elegir fines, pero no el fin último, es decir, “decidimos que deseamos ser felices, pero no elegimos ser felices”. De este modo hemos de pensar y entender que la verdad humana no es absoluta, sino que su objeto es nuestro perfeccionamiento: el sentido de la libertad se halla en el bien. De este modo comprendemos que hablar de hombre libre no es hablar de hombre independiente, sino comprometido – responsable – con ese bien y, por ello, con los fines elegidos para alcanzar el fin último al que todos tendemos de manera natural e irrevocable – como bien diría Sartre, “el hombre está condenado a ser libre” y a ser feliz –.

La ley no usurpa terreno a la libertad; es más, la libertad está sujeta a la moral, pues el hombre bien sabe que hay acciones que no debe realizar – a Crimen y Castigo me remito –. Por tanto, ser libre no quiere decir estar por encima del orden moral; eso sí, la libertad otorga la posibilidad de disponer la voluntad a aceptarla o no aceptarla. De todos modos, y bien lo dice José Ramón Ayllón, “la inmoralidad nunca puede defenderse en nombre de la libertad” (Libertad y responsabilidad. Rialp, Madrid 2006, p. 115). La libertad se encuentra en el estadio racional y en el orden del juicio. El bien, que es el sentido último de la libertad, es captado únicamente por la inteligencia. Por tal motivo todo acto libre – que es moral – es imputable en cuanto que el sujeto que lo realiza es responsable de él – los actos morales y libres nos pertenecen de manera intrínseca pues somos causa única de ellos –.

 

Podemos decir entonces que si la libertad es la capacidad que tenemos de elegir unos medios y unos fines en vistas a un fin último, la responsabilidad es la aptitud que tenemos para dar cuenta de nuestras elecciones – equivocadas o no –. De este modo no podemos desligar de la libertad el concepto de responsabilidad. Somos responsables ante nosotros, pero también ante los demás en la medida en que nuestras acciones y sus consecuencias les afecten – nuestra conciencia –. De todos modos la última instancia ante la que hemos de responder es Dios, quien hace que veamos que nuestra existencia realmente tiene un valor absoluto, trascendental al mundo tangente.      

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