La Iglesia es sacramento universal de salvación. En la actual economía salvífica Dios continúa haciéndose presente y operante en ese instrumento y signo (sacramento) de su acción que es la Iglesia. El termino sacramento universal de salvación apunta que la relación entre el Espíritu y la Iglesia no es sólo externa, sino tan profunda que el Espíritu envuelve a cada miembro de la Iglesia, que se renueva continuamente con la palabra, los sacramentos, los carismas, el ministerio y sobre todo por la caridad. Gracias al envío del Paráclito del Señor la Iglesia se convierte en sacramento universal, por medio del cual Cristo manifiesta y realiza al mismo tiempo el misterio de amor de Dios al hombre.
La Iglesia no se confunde con Cristo, sino que es su sacramento; tampoco le sustituye o le sucede, sino que le hace presente en signos eficaces. No obstante la Iglesia no está separada de Cristo, sino en relación con Él. Por esta razón el Concilio Vaticano II dice “que se la compara, por una notable analogía, al misterio del verbo encarnado, pues así como la naturaleza asumida sirve al verbo divino como de instrumento vivo de salvación unido indisolublemente a Él, de modo semejante la articulación social de la Iglesia sirve al Espíritu de Cristo, que la vivifica, para el acrecentamiento de su cuerpo” (n.8). Hay pues una analogía entre el misterio de la encarnación y el misterio de la Iglesia, esto quiere decir que el Espíritu de Cristo se relaciona con el aspecto visible de la Iglesia de manera análoga a como se relaciona el Verbo con su humanidad. El Espíritu anima y habita en la Iglesia, es inseparable de ella, es su principio de asistencia y operación santifica.
El ministerio de los Apóstoles pervive en sus sucesores, los Obispos, en comunión con el sucesor de Pedro, el Papa. Este ministerio no es dado primariamente por un acto jurídico, sino por un sacramento, por la imposición de las manos y por la invocación del Espíritu Santo. Así, junto al Espíritu, principio indivisible de la Iglesia, el Papa y los demás ministros son constituidos por el Espíritu como principios visibles de esa unidad, además edifican la Iglesia con la celebración eucarística, que es la cumbre y la fuente de la vida de la Iglesia, y no se da Eucaristía y en general acción litúrgica sin el Espíritu Santo: es Él el que hace que el misterio de Cristo se actualice en el presente, para nuestra salvación. Los obispos finalmente alimentan a la Iglesia por la Palabra de Dios entregada por los apóstoles y la fidelidad en transmitir, madurar, interiorizar y actualizar la tradición apostólica es obra del Espíritu que nos conduce a la verdad completa.
San Cipriano dice con suma perfección que la Iglesia es un pueblo reunido en virtud de la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. La Iglesia tiene su origen en el misterio de las tres divinas personas por el que ella participa en el amor de Dios manifestado por Cristo y que le ha sido comunicado por el Espíritu, que hace que la Iglesia sea comunión con el Padre y el Hijo. El Espíritu es fuente de unidad en un doble sentido: trinitariamente, como comunión en la vida divina; y eclesialmente, como comunión fraterna. La Unidad de la Iglesia no es fruto del consenso entre los fieles, sino como consecuencia de la comunión con el Dios trinitario. Sino fuera por esta comunión la Iglesia no sería más que una asociación o un club de amigos. Por tanto la comunión de la Iglesia no es algo ornamental, estratégico o coyuntural, sino que en la comunión se juega su propio ser y su propia credibilidad. La Iglesia es comunión, en primer lugar, porque es comunión en lo santo o de lo santo y en consecuencia es comunión de los santos o entre los santos.
La Iglesia es cuerpo de Cristo por la acción del Espíritu, es asamblea de Dios. Mediante la Iglesia llega la salvación a todos. Es la forma definitiva del pueblo de Dios que ahora sólo existe como Iglesia, como asamblea santa, como nación consagrada. Es el Espíritu Santo quien nos constituye místicamente en la unidad del cuerpo de Cristo. Por el bautismo nos configura, el Espíritu, a Cristo; por la Eucaristía somos elevados a una comunión con Él y entre nosotros: el Espíritu nos une como cuerpo de Cristo respetando la diversidad. Por nuestra cuenta no podemos ser la Iglesia, ser todo. La unidad es posible por que Cristo nos concedió participar de su Espíritu, la tercera persona que se halla en Cristo y en nosotros.
San Josemaría bien dice: “La venida solemne del Espíritu en el día de Pentecostés no fue un suceso aislado. Apenas hay una página de los Hechos de los Apóstoles en la que no se hable de Él y de la acción por la que guía, dirige y anima la vida y las obras de la primitiva comunidad cristiana […] Su presencia y su actuación lo domina todo. Esa realidad profunda que nos da a conocer el texto de la Escritura Santa, no es un recuerdo del pasado, una edad de oro de la Iglesia que quedó atrás en la historia. Es por encima de las miserias y de los pecados de cada uno de nosotros, la realidad también de la Iglesia de hoy y de la Iglesia de todos los tiempos”.

Lástima de añadiduras sobre el rol del obispo romano, era un buen artículo en principio…
Saludos Spektro. Gracias por comentar. Espero que el verano te haya ido bien.