Charles Sanders Peirce es de los más notables filósofos norteamericanos. Trató una gran variedad de temas con excelentes aportaciones en campos tan dispares como la física, la psicología o la lógica. Fundador del pragmatismo, método lógico que permite averiguar el significado de las palabras brutas y los conceptos abstractos, siguiendo el método experimental por el que todas las ciencias han alcanzado los grados de certeza que les son propios, manifiesta que para conocer el significado de un concepto debe conocerse sus posibles consecuencias prácticas.
Peirce tuvo el propósito de armar un profundo corpus filosófico en la que fuera posible analizar los diferentes sistemas teóricos en una dependencia jerárquica. Para ello creó nuevas disciplinas filosóficas pare enfrentarse a las cuestiones fundamentales de la filosofía con una visión nueva y original, aunque siempre desde una perspectiva empírica, que no empirista. Su envidiable mente tuvo siempre la preocupación sobre el estudio del ser humano, que analizó acercándose a través de muy distintas cuestiones, aunque siempre desde la pregunta por el hombre.
Consideraba que la filosofía debía comportarse con rigor y solidez académica, como cualquier otra ciencia, para alcanzar conocimiento verdadero. Para ello, debía partir de la experiencia y a partir de premisas evidentes que pudieran ser objeto de un cuidadoso análisis. Aunque su docta metodología científica estaba muy separada del materialismo positivista, pues jamás desechó aquello que no pudiera conocerse mediante las primeras impresiones de los sentidos. Su método tenía tres frases propiamente: en un primer lugar la meditación a partir de la experiencia conducía a una hipótesis explicativa; en segundo lugar, se deducían las posibles consecuencias de tal hipótesis, para en última instancia comprobar mediante inducción si tales consecuencias se cumplían y correspondían con la realidad.
Es, en su opinión, mediante esta metodología que hemos de aproximarnos a la cuestión por el hombre y alcanzar una compresión más unitaria y lógica de éste, para salvar las ambigüedades y las visiones dispares de la antropología contemporánea. Para Pierce, en el ser humano reside, al margen del cuerpo y del alma, una tercera realidad que salva el abismo moderno entre lo espiritual y lo material, que no es explicable más que por un espíritu científico amplio alejado del paradigma científico convencional. Es decir, en Peirce hay la idea de que el hombre es un signo y como tal tiene carácter triádico: “¿A qué clase real pertenece el ser que piensa, que siente y que quiere? Sabemos que considerado externamente el hombre pertenece al reino animal, a la rama de los vertebrados y a la clase de los mamíferos; pero lo que buscamos es su lugar cuando se considera internamente, sin considerar sus músculos, glándulas y nervios y considerando sólo sus sentimientos, esfuerzos y concepciones. Ya hemos visto que cada estado de la consciencia es una inferencia, de modo que la vida no es sino una secuencia de inferencias o un tren de pensamiento. En cualquier instante entonces el hombre es un pensamiento, y como el pensamiento es una especie de símbolo, la respuesta general a la pregunta qué es el hombre es que es un símbolo. Para encontrar una respuesta más específica, deberíamos comparar al hombre con algún otro símbolo” (1866).
Cabe decir, pues, que la investigación antropológica desarrollada por Peirce guarda intima relación con la semiótica a la vez que es profundamente anticartesiana. Para Peirce el hombre piensa a partir de conocimientos anteriores y de las creencias que llenan nuestra vida. al interrogarnos por el alma y la identidad personal del ser humano la experiencia nos informa de que la persona no está encerrada en el cuerpo, sino que cada hombre tiene una identidad que excede de manera radical a lo meramente animal.
Peirce compara al hombre con la palabra (que es otro signo) y pone de manifiesto que el hombre no es un espíritu encerrado en un cuerpo, por lo que refuta categóricamente la disensión cartesiana mente y cuerpo. Para Peirce, el yo (alma) puede conocer la realidad tal como es y entrar, al mismo tiempo, en contacto con otras mentes. Así, la superación del dualismo cartesiano es posible porque la materia y la mente no son sino dos aspectos de la misma realidad, más aún, son una continuación la una de la otra, y el ser humano, en tanto que forma parte de ese universo, posee esa misma unidad de mente y materia.
Peirce sostiene que la materia es una especialización de la mete y que esta participa, en mayor o menor grado, de la naturaleza de la materia, por lo que supondría un craso error imaginar los aspectos psíquicos y físicos como dos aspectos totalmente diferentes, ya que son dos aspectos de una misma unidad. Así, la mente es un aspecto de la persona en conexión con todas las demás: la mente es encarnada y tiene presente las circunstancias humanas.

