Hace tres veranos experimenté la que es, tal vez, la vivencia más impactante de mis 30 años de existencia. Durante el año una veintena larga de jóvenes, universitarios en su mayoría, otros seminaristas, nos fuimos preparando con la finalidad de desarrollar un programa de educación integral en Nicaragua, en especial en Santa Teresa (Carazo).
Durante el mes de julio nos hospedamos en distintas casas, más bien chabolas, que nos cedieron los aldeanos. Trabajamos conjuntamente con el sacerdote de Santa Teresa y la diócesis de Managua. El municipio de Santa Teresa abarca diversas aldeas desplegadas a lo largo de una extensa zona selvática. Durante los primeros días pudimos corroborar el esfuerzo que significaba para el único sacerdote del lugar llevar la palabra de Dios a todos esos núcleos poblacionales.
Nicaragua es el país más grande de Centroamérica y el más pobre de todo el continente. La deuda externa, la corrupción de las clases dirigentes y los desastres naturales convierten al país en un lugar donde las palabras futuro y prosperidad son quimera o ensoñación de locos. De los cinco millones de habitantes el 60% son analfabetas y el 70% de la población activa se encuentra en paro. Con nosotros nos llevamos un contenedor de 15 toneladas, si mal no recuerdo, con libros nuevos de texto, libretas, bolígrafos, material de sanidad, medicamentos, ropa y juguetes para los más pequeños.
A lo largo de la estancia formamos profesionalmente a los profesores e impartimos clases de formación integral a toda la población que lo deseara. La mayoría de nosotros teníamos como misión llegar a las distintas aldeas repartidas por la selva y desarrollar distintos proyectos catequéticos, donde preparamos a la gente para recibir los sacramentos del bautismo, la primera comunión, confirmaciones y unción de los enfermos.
No obstante, fueron los ‘nicas’ quienes realmente nos enseñaron a cada uno de nosotros. Aprendimos a todos los niveles de los niños descalzos de las aldeas, algunos incluso iban desnudos a nuestra llegada por la pobreza en la que vivían (y viven). Pero de modo más especial aprendimos del desprendimiento que mostraron hacia nosotros, pues son personas que no tienen nada. Sus ‘hogares’ son de barro, de madera, raras veces de piedra; la mayoría de los techos de uralita o chapa; el piso casi siempre de tierra y el agua y la electricidad bienes poco frecuentes. Realmente uno acababa la jornada preguntándose, quién había servido a quién.
Sus miradas eran sinceras, si no estaban consumidas por el alcohol y la desesperación de un país sin progreso y sin trabajo. Los unos y los otros aprendimos el valor de lo ordinario y la importancia de las cosas pequeñas del día a día. Trabajamos la conciencia moral, en un lugar donde las familias están totalmente desestructuradas. Era cotidiano encontrar niños con hermanos de distintos padres y niñas menores de edad embarazadas.
Aunque he olvidado la mayoría de los rostros y los nombres de todos aquellos ‘nicas’ con los que conviví, no he arrinconado en el fondo de la memoria lo que me enseñaron: el compartir o dar desinteresadamente, poner todo el empeño en hacer bien las cosas, en saber escuchar, en ofrecerse a todo y, sobre todo, en saber eliminar las cosas superfluas que convertimos en necesidades.




Gracias Joan por recordar!!!
Precísamente hace dos horas, hablaba con Rafael Vives. Comentábamos algo habitual en el ser humano: el olvido. ¿Por qué algunos ya han olvidado aquél viaje, aquellos rostros, aquellos hombres y mujeres?
Rafa me comentaba entristecido, como ha pasado el tiempo y qué lejos quedó aquel mes de verano en el que aprendimos y rezamos tanto.
Puedo decir con sinceridad, que fue todo un master de formación integral para todos los que tuvimos la oportunidad de estar en Nicaragua.
Los “nicas” eran felíces en la absoluta pobreza y a nosotros ¿Qué nos pasa? No olvidemos…
Un fuerte abrazo y gracias por el artículo.
Álvaro
Un saludo Álvaro!! Realmente fue una experiencia enriquecedora. Ojalá jamás olvidemos lo que vivimos aquellos días porque así sabremos dar a cada cosa la importancia que tienen y nunca situaremos a las personas por debajo de ellas.
Si hablas con Rafa dale recuerdos de mi parte!!
Gracias por comentar.
Se valoran más las cosas cuando no se tienen o disponen de ellas. Es gratificante aprender de las propias vivencias.
Ciertamente el hombre es un ser de experiencias y mediante ella aprendemos a otorgar a las cosas su justo valor. Saludos anónimo.