El Concilio Vaticano II, fundado en la Escritura y en la Tradición, enseña que la Iglesia “es necesaria para la Salvación. Pues solamente Cristo es el Mediador y el camino de la salvación, presente a nosotros en su Cuerpo, que es la Iglesia, y El, inculcando con palabras concretas la necesidad de la fe y del bautismo (Mc 16,16; Jn 3,5), confirmó a un tiempo la necesidad de la Iglesia, en la que los hombres entran por el bautismo como puerta obligada. Por la cual no podrían salvarse quienes, sabiendo que la Iglesia Católica fue instituida por Jesucristo como necesaria, rehusaran entrar o no quisieran permanecer en ella” (Constitución dogmática Lumen Gentium, 14).
Los cristianos no católicos bautizados en el seno de una confesión escindida de la Iglesia de Cristo al creer en Dios y en Cristo y al reconocer la Escritura pueden alcanzar la vida eterna. No obstante, siendo incompletos los elementos de su fe y siendo derecho natural y divina la obligación de abrazarlos en su plenitud, que solo se alcanza así en la Iglesia Católica, el Concilio Vaticano II insiste en la necesidad de orar y trabajar para que, por voluntad de Cristo, se unan a la Iglesia verdadera en una sola grey y bajo un único Pastor, que es el romano pontífice, vicario de Cristo en la tierra.
Los no bautizados que por ignorancia de la existencia de la Iglesia Católica llevan una vida recta pueden alcanzar la vida eterna (Pío IX, Quanto conficiamur moerore). “Pues los que inculpablemente desconocen el Evangelio de Cristo y su Iglesia, y buscan con sinceridad a Dios, y se esfuerzan bajo el influjo de la gracia en cumplir con las obras de su voluntad, conocida por el dictamen de la conciencia, pueden conseguir la salvación eterna. La divina Providencia no niega los auxilios necesarios para la salvación a los que sin culpa por su parte no llegaron todavía a un claro conocimiento de Dios y, sin embargo, se esfuerzan, ayudados por la gracia divina, en conseguir una vida recta (Lumen Gentium, 16).
Los cristianos católicos tenemos la obligación grave de evangelizar. “Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe. Y ¡ay de mí si no predicara el Evangelio! (1 Co 9,16). Hemos de ayudar a los no bautizados, a los bautizados no católicos, y a los católicos que ignoran su fe para que conozcan la verdad enseñada por Cristo y puedan participar de su vida eterna.



