El proceso de secularización que viene produciéndose en Europa en los últimos siglos asume que la emancipación de la política, de la razón y la moral de la religión cristiana es la base para la construcción de una humanidad verdaderamente libre. ¿Pero, el hombre puede vivir sin Dios? ¿El escepticismo, la ideología y el nihilismo, los nuevos mesianismos, constituyen una dimensión fundamental del hombre? ¿Es posible una sociedad que rechaza la existencia de valores universales? El auténtico debate entre laicismo y religión se centra sobre la cuestión de la verdad: analizar si ésta incumbe solo a la experiencia religiosa o también a la humanidad entera. En un mundo tan relativista como el nuestro donde la ciencia afirma verdades empíricas, ¿es aceptable la descalificación de una verdad absoluta?
En “Cartas del diablo a su sobrino” de C.S. Lewis, Escrupto tranquiliza al demonio pequeño diciendo del hombre “que la única cuestión que con seguridad nunca se planteará es la relativa a la verdad”. La humanidad está bañada de un fuerte pragmatismo, la verdad se ha visto reemplazada por la praxis, ya no tiene importancia la pregunta sobre la realidad, sino qué se puede hacer con las cosas. La verdad ya no es más que una cuestión lingüística, pero, ¿cuándo no hay la convicción de que se puede remitir con la palabra contenidos metalingüísticos, cabe la existencia de un discurso con sentido? La lógica más simple nos hace ver que no podemos interpretar la realidad sin llegar nunca a una afirmación simplemente verdadera.
El mayor tsunami que puede padecer la humanidad es el triunfo de lo coyuntural convertido en absoluto. Siempre hay referentes absolutos, si no son auténticos son falsos (relativismo, nihilismo…), pero siempre hay una instancia que domina, lo peor es cuando esta instancia es falsa y humana. No obstante, rehabilitar a la verdad no es fácil, menos en una sociedad donde la verdad es asimilada, no sólo a la religión, sino con lo mágico e irracional. Por ello es necesario abrir un debate sobre la esencia de la verdad y su relación, si la hay, con la ciencia y su método y, en última instancia, su comprensión dentro de la verdad bíblica, ya que la ciencia no puede obviar ni hacer imposible las preguntas del hombre, puesto que ambos quedarían encerrados en un callejón.




Buen post, Opusprima. Y gracias por citar las Cartas. No se me ocurre qué más decirte.
DTB
Gracias Lukas. Se agradece.