Necesidad de una antropología cristiana
Abril 29, 2008 por opusdiaboli
Cuando Benedicto XVI dice que si Europa quiere preservar la dignidad de la persona humana no puede negar la aportación hecha por el cristianismo no habla desde los presupuestos de la fe, sino desde la realidad misma. Ninguna concepción antropológica como la cristiana reviste de mayor dignidad ontológica el ser de la persona humana.
No es hasta la aparición del cristianismo que todas las personas humanas poseen la misma dignidad al ser “imagen y semejanza de Dios” (Gén 1, 26), pero a la vez cada una posee un valor irrepetible que la hace única (no igual) por ser fruto de un acto creador, libre y amoroso de Dios. A nivel ontológico la persona participa de la perfección divina gracias a la inteligencia espiritual, de la cual nacen la libertad (cada hombre es responsable de todas sus actuaciones) y el amor (cada hombre es capaz de donarse a sí mismo, y de modo más radical, capaz de conocer y amar a Dios). Por primera vez en la historia el concepto de persona humana se aplica a todos los hombres. Con el cristianismo la persona se concibe como un absoluto y no por su condición social o jurídica.
Sin embargo es necesaria una comprensión más profunda de la persona humana. En Boecio encontramos una primera y perfecta definición: “la persona es el supuesto individual de naturaleza racional” que Tomás de Aquino matizará al definir a la persona como “todo ser subsistente en una naturaleza racional (persona) o intelectual (Dios)”, queriendo expresar la individualidad e incomunicabilidad del ser que es responsable de todas sus acciones, es decir, ser persona es poseer el propio ser, aunque comunicado por Dios (la persona humana no es el fundamento del ser, pues no se comunica el ser a sí mismo, sino que es un ser fundado en Dios).
Cuando el pensamiento cristiano es apartado surgen los relativismos o las reducciones de la persona. El racionalismo rasgó el carácter absoluto de la persona humana al fundamentarla en una facultad y en una operación suya, el pensamiento y el pensar, y no en el ser. Con la llegada de la modernidad la radicalidad de la persona tampoco se afirma en el ser, sino en el obrar y en la voluntad. Pero a diferencia del racionalismo el hombre deja de estar ligado a la ley moral de Dios para pasar a ser el sujeto fundante de la verdad y del bien (nihilismo nietzschiano). Ya el siglo XX reduce aún más el valor radical de la persona humana y, bajo concepciones materialistas, pasa a considerarse un sujeto que no tiene mayor preponderancia sobre otros seres y se explica y cobra sentido en el todo del Estado en una relación jurídica.


