Aún es predominante en muchos sectores la actitud crítica que no acepta nada como establecido. No son pocos quienes someten todo a examen basándose en el juicio propio, pero en realidad no existe una actitud crítica íntegra. Quien más quien menos cae presa de la inconsecuencia ante la propia ideología que le evita llevar ante la jueza razón el programa o las ideas que defiende. Por ejemplo, los ateos son críticos ante la existencia de Dios, pero no son igual de críticos ante la no existencia de Dios.
En rigor, no es posible criticarlo todo, es decir, no todo puede someterse a juicio personal. Si la actitud crítica fuera honesta jamás se detendría y nunca alcanzaríamos conocimiento verdadero de nada. Tampoco existiría, y esto sería incluso peor, la posibilidad de poseer normas o guías para la actuación con lo que la crítica misma carecería de valor pues ella misma parte de unos presupuestos que también estarían puestos en duda.
El criticismo hunde sus raíces en la pretensión de erradicar cualquier presupuesto con el objeto de establecer la autonomía del hombre. Pero cuando se pretende conocer el ser del hombre fuera de Cristo, Él único que muestra al hombre quién es el hombre, no se alcanza conocimiento verdadero de nada y se cae en la duda de todo, que es el nihilismo. Toda comprensión de la realidad parte de unos presupuestos, de unos principios imborrables.
El auténtico valor de la crítica es el análisis, el discernimiento de las cosas en función de una norma. El verdadero crítico es aquel que se atreve a pensar por cuenta propia midiendo su conocimiento por la realidad, en una continua búsqueda de la verdad de las cosas, como solía repetir Alejandro llano en sus clases de gnoseología en la Universidad de Navarra.




