Eutanasia: deber jurídico o prohibición moral
Abril 9, 2008 por opusdiaboli
Uno nunca se retira de la vida, salvo que pretenda suicidarse, sino que es la vida que se retira de uno cuando llega la Dama Blanca presta a llevarnos con la nave negra por la laguna Estigia. Tal vez la muerte nos plantea como ninguna otra cosa la cuestión de la trascendencia del ser humano. Entendemos la vida como la autonomía del ser que ejerce con libertad las decisiones que afectan a su existencia. Nadie con dos dedos de frente negará al hombre y a la mujer el principio de libertad que se halla inscrito como elemento constituyente en su condición de persona humana. No se puede renunciar a la libertad, nadie es libre de no ser libre. ¿No ocurre, pues, lo mismo con la vida? ¿Cómo la libertad, la vida no es un derecho irrenunciable?
La renuncia a la propia vida es el acto más inconcebible para la inteligencia. Nada amedrenta más que la pérdida de la vida antes de tiempo. La persona humana incluso teme más la falta de razón que la propia muerte. ¿No está enfermo quien desea su propia muerte? ¿Éticamente no es cuestionable la decisión de aquella persona que desea morir? Pues, ¿juzgar qué es una vida buena no corresponde más a la moral que a un derecho jurídico? Ciertamente es complejo argumentar a una persona no creyente que la vida humana es un don de Dios. Exponer cualquier tratado antropológico esgrimiendo tal premisa puede resultar una mera perorata. Es arduo razonar desde una perspectiva moral que la vida de cada uno no pertenece más que a Dios y que es a Él a quien le corresponde decidir cuando termina una existencia humana. Cuando se borra toda dimensión trascendente se favorece la imposibilidad de encontrar significado a la convivencia con el sufrimiento y se pasa a considerar a este como algo deshonroso e impropio de la persona humana.
Si aceptamos que cada persona dispone de su propia vida, ¿es lícito que una persona pida a otra que la mate (realmente se pide esto, dejémonos de eufemismos)? ¿Hay una obligación o un deber jurídico de acceder por parte de un tercero a la petición de eutanasia de una persona? Si aceptamos el derecho a terminar con la propia vida esgrimiendo cierto paternalismo hacia el dolor ajeno, ¿cualquier percepción de que el paciente se halla ante una enfermedad terminal y la tristeza con que se vive en el seno de la familia su enfermedad no llevará a una situación de creer que el paciente no se encuentra en condiciones de soportar una situación que “desde fuera” se contempla como insoportable? Lo más seguro es que acontezca esto y se decida y se decida poner fin a esa vida humana, y más si se trata de una persona cercana, pues por lo general el dolor ajeno se vive con más dureza que el propio.
Por otro lado si aceptamos el derecho a morir para todas aquellas personas con una autonomía precaria o una vida de abultado dolor, ¿no acabaremos creando una cultura de vida que admite poner fin a vidas que no son propias de superhombres sanos? Incluso, ¿no destinaremos a morir a personas que no pueden diagnosticar su derecho a morir?
Jurídicamente es fácil encontrar argumentos a favor de la eutanasia si hacemos una clasificación de lo que es una vida buena y de lo que no lo es. Sin embargo, en el terreno de la moral ya encontraríamos serias divergencias. No obstante, eliminado todo significado trascendente la conformidad de la eutanasia se reduce a un simple consentimiento legislativo. Señores hagan juego, bienvenidos a la era de los hombres-dios.



