Crítica a los nacionalismos
Marzo 14, 2008 por opusdiaboli
[...] los espíritus libres tienen una función que cumplir, la de derribar todas las barreras que se opongan a una “fusión de los hombres”: religiones, estados, instintos monárquicos, “ilusiones sobre la riqueza y la pobreza”, prejuicios de raza, [...].
Friederich Nietzsche, Escritos póstumos.
El nacionalismo surge a partir del siglo XVIII, como un deseo de autores románticos, como Goethe, de unir en un Estado los hombres y las fórmulas culturales compartidas en una determinada región. Pero no hay peor enemigo para la cultura que el mismo Estado. El concepto de nación es un artificio creado con el pretexto de alienar al individuo y transformarlo en masa. El nacionalismo cercena todo auténtico interés por los objetos trascendentes del espíritu humano. ¡Qué empobrecimiento cuando la cultura deja de ocuparse de estos asuntos y sólo se ciñe en construir y argumentar un Estado cultural! Bien decia Nietzsche que entre cultura y Estado sólo existe antagonismo. Observemos las grandes culturas pretéritas, la ática por poner un ejemplo, donde el sentido de cultura bien lejos estuvo de toda concepción política que pudiera menoscabarla.
El patetismo nacionalista lo vemos hoy en la cultura catalana. Nunca antes había estado tan cerca de las puertas de la decadencia, y no es por otra cosa que por abrigarse del nacionalismo que envuelve la atmósfera parlamentaria catalana, deseosa de romper sus lazos con el Estado español. El nacionalismo es la mayor enfermedad contra toda cultura, la tiñe de sinrazón y de neurosis. El nacionalismo, lejos de ser una teoría científica es una falsa religión.
Las naciones no existen. Existen los territorios y los hombres que las habitan, pero estos humanos pueden ser de distinta raza o lengua. El mal del nacionalismo es que invierten estos términos y consideran la existencia de una identidad metafísica, la nación, que no es más que la consecuencia de la unión mística entre un determinado territorio y una cultura específica. La población que viste esta nación viene después. Como realmente no hay una unión trascendente tienen que inventar leyendas para poder meterla con calzador dentro de la nación que se han inventado. Pero las naciones nunca han existido, ni durante el Imperio romano, ni durante el medioevo ni en el siglo XXI. El nacionalismo no es más que una creencia fundamentalista.
Un claro ejemplo bien reciente del daño del nacionalismo lo encontramos en la disolución mortal de la extinta Yugoslavia. Aunque mejor será hablar del fin del Imperio Austro-Húngaro, pues Karl-Popper, vienés de cuna, escribió durante el estallido de la Segunda Gran Guerra “La sociedad abierta y sus enemigos“, donde deja bien explícitas las heridas que causa el nacionalismo. Popper nació en un estado plurinacional, como algunos definen a España, en la que se integraban con armonía, germanos, húngaros y judíos, entre otras etnias. Pero al final de la primera contienda mundial y con la disolución del imperio austro-húngaro tuvo que abandonar la república austriaca cada vez más enferma de nacionalismo alemán e integrarse en la que el llamaba cultura abierta del mundo de habla inglesa. Popper fue un cosmopolita, pero con una firme adhesión patriótica a la sociedad mundial. Siempre sintió horror ante toda ideología nacionalista, no sólo hacia el totalitarismo de Hitler o Mussolini, sino también hacia el sionismo, aparentemente justificado: “La idea de que existen unidades naturales como las naciones, o los grupos linguísticos y raciales, es enteramente ficticia. El intento de ver el estado como una unidad natural conduce al principio del estado nacional, y a las ficciones románticas del nacionalismo, el racialismo y el tribialismo“. Popper condenó taxativamente la idea de que las naciones, los estados, las clases sociales eran algo más que modelos interpretativos de fenómenos sociales. Exhortó a desarmar la creencia en la realidad metafísica de la nación, lo sagrado de la lengua nacional y lo permanente de la identidad racial.


