Quienes conocen las estanterías de mi habitación saben que hay poco lugar para la literatura hecha en catalán. No obstante, entre Nietzsche, Dostoievski o Bukowski se encuentran dos obras catalanas a las que tengo ligero aprecio: “Aquí descansa Nevares”, de Pere Calders (un día hablaré de este hombre, que en mi humilde opinión es superior, en su estilo, a Kafka) y “El Quadern gris” de Josep Pla. Pla es de las palabras más grandes que ha dado España a la literatura universal. Probablemente no exagere en ello o se deba a la sincera admiración por los señores del adjetivo, por la escritura clara, precisa y contenida, alejada de todo barroquismo.
La literatura catalana es un plato de almíbar rodeado de flores, tan perfumada que adolece el alma. Pla, en cambio, es la tierra, son las manos trabajadas del campesino, por eso es más universal que toda esa saga de provincianos afrancesados que no han salido más allá del jardín burgués: Vicenç Foix, Rodoreda, Segarra… ¡Pero Pla es todo un maestro! Con el solo adjetivo, con la sola frase, coloquial según algunos críticos de sobremesa, es capaz de decir aquello que la mayoría necesita expresar en una página con prosa densa o metáfora rilkiana. Las cosas siempre por su nombre, decía Bukowski con la botella de tinto cerca de la estilográfica. Posiblemente esa técnica en Pla se deba a su profesión periodística, a esa capacidad rara de dar testimonio del tiempo sin añadir subjetividad.
Pla era un Dostoievski. ¿Qué quiero decir? Una de esas personas que aparecen en contadas ocasiones por la parsimonia que se toma la naturaleza en producir a los genios. Víctor Hugo, ya ante la nave negra de Caronte, dijo: “Hay algunos hombres misteriosos que no pueden sino ser grandes… ¿Por qué son esos hombres grandes en realidad? No lo saben ni ellos mismos. ¿Lo sabe acaso quien los ha enviado? Su talla forma parte de su función. Tienen en la pupila una visión terrible que nunca les abandona. Han visto el Océano como Homero, el Cáucaso como Esquilo, el dolor como Job… el infierno como Dante, el paraíso como Milton, al hombre como Shakespeare… a Yahvé como Isaías. Ebrios de ensoñación e intuición, en su avance casi inconsciente sobre las aguas del abismo han atravesado el rayo extraño de lo ideal y éste los ha penetrado para siempre…”. Sí, Pla era otro Dostoievski, aunque de éste dijo que era un “degenerado total”. Vivió aislado en sí mismo y se conoció a sí mismo, por lo que es universal. ¿El mundo? No despreciaba más el mundo que lo que se despreciaba así mismo, muestra de esa humildad sabia (no la humildad del ignaro o analfabeto). Pero bien, de Pla habla mejor su obra que cualquier gallifante como yo.
Entrevista a Josep Pla el 8 de diciembre de 1976. No tiene desperdicio.



