La Revelación es el diálogo entre Dios y el hombre con vistas a la comunión de vida que la Escritura denomina Alianza. La Revelación evoluciona a medida que el amor entre Dios y la humanidad se hace más estable. Esta empieza en el momento en que la divinidad interpela al ser humano: “¿Dónde estás?” (Gn 3,9). Pues el amor divino necesita del hombre para llevar a cabo su obra, la construcción de la ciudad humana de Dios.
Al principio la relación de Dios con el hombre es más distante, pero a medida que la Alianza cobra profundidad y toma como símbolo el amor conyugal, tanto Dios como el hombre se dirigen a un diálogo entre amantes, pasando del “Vosotros sois mis siervos” (Lv 25,42), “Yo soy vuestro Rey” (Ez 20,33), “Vosotros sois mis testigos” (Is 43, 10; 44,8), “Tú eres nuestro Señor” (Sal 8, 2-10), “Dios es nuestro Rey” (Is 33,22) y “Tú eres nuestro Creador” (Is 45, 7) a “Yo os amo…” (Jr 31, 2), (Mal 1, 2), “Mi Amado es para mí”, “Te haré mi esposa para siempre”, “Amad a Dios, amantes de Dios” (Sal 31, 24; 97,10), “y yo para Él” (Ct 2,16) y “y tú me llamarás Esposo mío” (Os 2, 18-20).
Este amor conyugal entre Dios y el hombre muestra que la Revelación, lejos de ser una mera información doctrinal y un contenido ético, se convierte en participación de un mismo destino común de lo Divino y de lo humano.


Amor conyugal… con el punto álgido en el momento de la Comunión Eucarística, diría yo.
(Aquí entre tú y yo, no considero el acto de comulgar muy alejado de una relación sexual… al menos en el plano espiritual de la misma, como fusión entre dos seres distintos.)
(A los que esto les ofenda o escandalice, perdón.)
Pues estoy muy de acuerdo contigo. Y tranquilo, conozco un sacerdote que siempre me lo dice.