Fichte pretendió armar un sistema filosófico que comprendiera todo el saber. Para ello decide partir del principio más evidente a la luz de la razón: la autoposición del yo, la acción de la conciencia por la que el yo, volviendo sobre sí mismo, se pone como determinación de la conciencia, es decir, el yo se aprehende como identidad de sujeto y objeto. El yo existe para sí cuando la conciencia vuelve sobre sí misma, por tanto el yo se conoce como producto de sí mismo, como actividad cognoscitiva e intelectual. El yo es a la vez sujeto cognoscente y objeto conocido.
Para Fichte la conciencia obra dialécticamente. El primer estadio de la conciencia es la autoposición del yo, pues este no puede afirmar nada si antes no se afirma a sí mismo como existente. En un segundo momento la afirmación del yo supone la oposición al no-yo que hace de limitación del yo, que se constituye por ello en un yo finito.