El cristiano vive el presente y no se proyecta en el futuro como los nihilistas
Febrero 27, 2008 por opusdiaboli
Es suficiente la ligera observación de la realidad para constatar el arraigo de la filosofía existencialista y nihilista en la sociedad del siglo XXI, inclusive en aquellos estratos sociales donde tal pensamiento o cultura es, intelectualmente, desconocida e ignorada. “El mito de Sísifo” ejemplifica el sentimiento de absurdo de la vida y la intrascendencia del ser humano por gran parte de la sociedad. El sufrimiento y el dolor constituyen la vida de la persona, la incapacidad por dotarlos de significado y valor configuran el modo de existencia que propagaban Sartre, Camus, y otros intelectuales.
Cuando el sufrimiento sólo se percibe como sufrimiento es lógico que se considere a la vida un absurdo y se interprete la trascendencia como utopía, ensoñación o engaño del Cristianismo. Pero no nos engañemos tampoco, la filosofía existencialista, arraigada en modo de vida auténtico en la actualidad, carece de lógica y de sentido real. ¿La presencia real del tormento y de las dificultades de la vida por ellas misma certifican la imposibilidad de que pueda haber una significación que les de sentido? La postura estoica también es errónea, la aceptación de la irrevocable realidad como tormentosa lleva al sinsentido de la existencia humana en cuanto que acepta el dolor por el dolor.
Ciertamente el cristiano vive en vistas a la trascendencia, pero el hecho de tener el alma enfocada hacia la Jerusalén celestial no significa que la existencia del creyente esté de continuo proyectada en el futuro, sino todo lo contrario, el fiel, el que conoce a Dios vive en el presente y como ningún otro acepta la situación presente acogiéndola con gracia y aceptándola como buena, aunque sea la más extrema de las cruces. La aceptación de la realidad no es el sacrificio del presente y en el presente por un futuro “hipotético”, como vocifera el marxismo con la célebre expresión de “el opio del pueblo”. Aunque, paradójicamente, es el pensamiento existencialista el que se proyecta más claramente en el futuro y considera el presente como absurdo. Vemos en Nietzsche y la transvalorización de los valores y en Camus y El hombre rebelde el anhelo por cambiar las cosas, esa proyección utópica que espera que el futuro pueda ser mucho mejor.
El cristiano vive más que nadie el momento presente porque para él sí tiene sentido. Sólo el que no da sentido a la existencia no vive el presente a la espera que vengan mejores momentos, pero con el riesgo de que nunca lleguen y descubra que no ha vivido a la espera de vivir en un instante futuro. Quien cree en Dios vive el instante sin preocuparse por el transcurso del tiempo, saboreando el gozo y el tormento de los días que llenan de significación la existencia propia; del mismo modo que Dios no espera grandes cosas de nosotros, sino cosas realizadas en la cotidiana existencia, pues la vida nuestra es la que es y no la que imaginamos. Aquí radica la importancia de las cosas, que por triviales que sean constituyen la vida de la persona humana y, por ello, merecen ser ejecutadas en el presente.
El dolor en sí mismo sólo es dolor, pero cuando se le confiere sentido se torna goce, ahí la felicidad plena de quienes viven como otro Cristo. Claro está, por eso, que el sufrimiento de la persona en cuanto que coarta su existencia si tiene que ser reprimido, ahí la caridad cristiana. El creyente debe buscar el bien de los demás en todo momento, tanto en lo espiritual como en lo material, y perseguir el mal allí donde se manifieste: este es el espíritu del buen cristiano. Cuanto se equivocan quienes critican a la Iglesia sólo viendo sus pecados, porque por su incredulidad dejan de ver cuantos cristianos luchan de cotidiano por el bien de los demás. Cuanto se confunden quienes creen que el cristiano sacrifica el presente en vistas al futuro eterno, porque el buen cristiano, como ya he dicho, vive más que nadie en el presente porque el Reino de Dios ya está aquí (Lc 17, 20-21) y más que nadie goza de la existencia de este mundo que Dios vio que era bueno (Gn 1, 1-31).


