La existencia es finita, tiene origen y final, sin embargo la vida parece estar lejos de configurar una sola unidad, somos más bien una experiencia hecha de pedazos. ¿Hay alguna conexión entre todas las actividades que desarrollamos? Sintiéndolo mucho soy víctima de la secularización. Los grandes proyectos caen en detrimento de los fines a corto plazo: soy la constatación de la hiperactividad carente de fin último. Puede que no demos importancia a la descristianización de la sociedad, pero la ausencia de lo religioso en la vida cotidiana ha finiquitado la relación del ser y el obrar de la persona humana, entre uno y otro hay un salto profundo, una desconexión que elimina la posibilidad de dedicar la propia vida, incluso de sacrificarla, por un ideal, por un objetivo último que le otorgue un sentido absoluto y la dignifique.
Ciertamente restan los ideales sociales y políticos. No obstante, estos objetos propios del ser humano son mundanos, no alcanzan a dar respuesta ni sentido a la existencia humana, que de sí, está abierta a la trascendencia. ¿Puedo ser fiel para siempre a un ideario de vida sin atender al aspecto sobrenatural del ser? ¿Puedo alcanzar la autorrealización considerando que la vida acaba con la muerte? La dificultad para comprometerse acecha también al creyente. ¿Tengo auténtica vocación militante en la vida ordinaria? El voluntarismo estival y los proyectos determinados muestran la facilidad para la obra, pero ¿hay continuidad? No. Vivo el presente sin pensar en el futuro global de mi propia existencia y por qué, porque el nihilismo se ha asentado en mi interior. Cuando no hay Dios o su presencia es débil surge el “yoismo”, uno se percibe como la primera y única realidad. Ante la carencia de fin último vivimos en la sociedad de la vivencia, de la satisfacción inmediata, del placer momentáneo y del hastío generalizado. Sin la consideración de que la existencia es un proyecto de vida el individualismo y la indiferencia se convierten en caracteres propios y el amor se transforma en simple solidaridad. Sin el carácter trascendente el sentido de la existencia desaparece, como diría Nietszche “vagamos por una nada infinita”. ¿Renunciar a la dimensión espiritual del hombre no es renunciar a mi mismo? ¿Cómo se puede ser humano sin unidad y fin existencial? Indiscutiblemente no se puede ser persona sin responder a la pregunta por el sentido último, y el sentido último no se concibe sin Dios, porque el sentido de la vida no podemos dárnoslo nosotros mismos, sino que tiene que ser descubierto por su carácter trascendente.



