Dostoievski conocía como muy pocos la psicología del ser humano. Sus personajes no son seres que personifican ideas, sino que estas se encarnan en ellos. Los hombres y las mujeres en la obra del escritor ruso se encuentran siempre entre la delgada línea que separa el bien del mal, se mueven entre el pecado y la redención. Todos ellos representan con fidelidad la lucha interior que se encuentra en cada uno de nosotros: la aspiración hacia las meta más altas y la tentación que nos inclina hacia el mal
Los personajes de Dostoievski alcanzan la salvación mediante el sufrimiento y la expiación. Considera que el mal no es de carácter ontológico, sino moral, es decir, no existe el mal completo, por eso sus personajes mediante la enmienda claman indulgencia y piedad. Todos los hombres y todas las mujeres tienen corazón y desean, tras el mal realizado y redimido, volver a insertarse en la sociedad en nombre de un orden superior (Dios) para elevar a los hombres justos a la moral adquirida que no es la establecida por la ley del hombre y de la sociedad.
Los personajes dostoievskianos, miserables o fuera de la ley, se erigen mediante su lucha interna en voces de la conciencia social, comunican a los demás que el ser humano por sí mismo no es más que un desecho, una miseria. Bajo el aparente nihilismo, el hombre torturado en su estado de viador alcanza con el sufrimiento la afirmación real de la persona humana y de Dios, el auténtico fundamento de la moral. En Dostoievski el fin último del hombre, la plenitud del ser en contemplación del Ser se alcanza de arriba abajo, es decir, hay que caer, sumergirse y reconocer la propia miseria para elevarse gradualmente y alcanzar a través del perdón la salvación.



