He restado unos segundos hipnotizado ante la portada de El hombre rebelde, de Albert Camus, donde aparece el autor con un cigarrillo casi consumido en la comisura de los labios. Mientras el futuro se encuentra en el horizonte la presente existencia se agota. El sinsentido de la existencia está por todas partes enfrentado de modos distintos. Los sujetos entregados a una vida hedonista hasta el suspiro final son coherentes, ante el sinsentido nada absoluto y universal, sino todo disoluto y trivial. Otros, como aquel Iván Karamazov, viven amargados ante el devenir mortal sumidos en un racionalismo que evita abrazar cualquier signo de fe por soberbia. La falta de esperanza es la cruz de muchos hombres y mujeres de mi siglo. No hay tortura mayor que negar la posibilidad de la existencia de Dios. El cruel devenir de Sísifo sólo es un juego de niños ante el que vive en el fondo de la caverna. No hay excusa para no atreverse a apostar por la trascendente realidad del Ser Absoluto. La razón jamás podrá dar la respuesta que busca el hombre incrédulo, tal vez porque su sabiduría no es tal. El desconsuelo por una existencia fútil conlleva a la renuncia de la moral. Si Dios no existe, si la vida cae en el abismo cada sujeto puede construir sus propios imperativos y confundirlos con los verdaderos y universales principios éticos. Ante esta situación nos convertimos en colaboradores del mal: abortistas, defensores de la pena de muerte, sexismo… son las distintas caras del sin sentido. Tal vez deberíamos ser como Alexei, buscar vías de esperanza: el amor puede ser un buen principio. El que ama busca la verdadera sabiduría, la plenitud: el Ser en sí.



