La figura de Cristo ocupa un lugar central en la vida de Fedor Dostoievski. Durante el destierro a Siberia sólo lee el Nuevo Testamento motivo por el cual adquiere mayor comprensión de la figura del Hijo de Dios. Fedor, hombre de excelente cultura y de increíble lucidez, en una carta redactada al poco tiempo de la liberación escribe que si Jesús estuviera alejado de la verdad él preferiría estar al lado de Cristo que de la verdad, pues asegura que soportó los agravios del confinamiento gracias a la fe en Cristo.
El cristianismo de Dostoievski es antropológico. El hombre es un ser en lucha constante entre el bien y el mal donde la salvación y la perdición se encuentran en el propio interior en el que el hombre debe profundizar para conocer el bien que lleva a la libertad en Cristo, pues como San Agustín, considera que si la libertad no conduce a Cristo lleva al pecado y a la rebeldía en la que Dostoievski se encontró en muchas ocasiones: “Mi fe pasó a través del fuego de las dudas más profundas”. Dostoievski, al igual que el personaje central de Crimen y Castigo, Raskolnikov, ante el intento de ser un superhombre a la manera de Nietzsche, es decir, situado por encima del bien y del mal, se encuentra ante la omnipotencia de Dios a la que llega a través del miedo al castigo que retumba en la conciencia que, lejos de ser cruel, muestra el camino al hombre. Para Dostoievski la libertad lleva al sufrimiento y éste a la redención.
Dostoievski, como ningún otro autor moderno, ha analizado con profundidad la psique humana (el primer autor psicológico de la historia de la litreratura), describiendo al pormenor los movimientos espirituales y sus consecuencias morales: ateismo, nihilismo, socialismo e intelectualismo de corte racionalista. Su objetivo no era moralizar, como muchos críticos han pretendido o pretenden, sino que le mueve una profunda inquietud espiritual: la lucha del hombre contra Dios y por Dios, es decir, la cuestión del ateismo y la fe. A diferencia de Tolstoi, Balzac o Dickens (los grandes de la época), no se centra en las relaciones del hombre con el hombre sino en las relaciones del hombre consigo mismo y con Dios, pues muestra extremada incredulidad en el afán divino y extremadamente vital del hombre.



